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Sueños del 2015

En el 2015, un amigo, el más antiguo de todos mis amigos, se fue a vivir a Londres. A nivel personal, es como que hubo algunas cosas que se fueron dando casi de manera encadenada. Lo primero fue que en los primeros meses me decidí a aprender a manejar, que era algo que venía postergando justamente desde la época en que estaba con Nina. Yo siempre supe que iba a aprender, pero no entraba en acción, como si todavía no fuese “el momento”, pero no hacía otra cosa que esperar. Este año, en un momento de lucidez, me di cuenta que no estaba haciendo nada, y que el cambio tenía que venir por una decisión concreta. Hice el curso de manejo, di el examen, luego compré el auto, y casi como si hubiese estado escrito, el mismo día que llevé a asegurar el auto, conocí a Laura. Entiendo que no es casual, y que la satisfacción de haber aprendido a manejar y todo eso me debe haber predispuesto mejor anímicamente.
No veo una tendencia clara en los sueños. Hay varias cosas que por ahí se mantienen en rela…

Patético lo tuyo

Los seres solitarios, introvertidos, también solemos sentir necesidad de conocer a alguien, pero ese deseo entra en conflicto con las dificultades para llevarlo a cabo. Podemos ir a bares, fiestas, recitales, eventos varios, pero lo más probable es que no podamos salir de nuestro pequeño universo. Cruzar esa frontera invisible y penetrar en el microcosmos de otro ser pareciera tarea imposible. Puede pasar, de hecho ha pasado, pero en el momento resulta un trabajo insondable. Frente a este panorama, aplicaciones como Tinder y sus símiles parecen ser una buena opción para conocer gente, pero, en mi caso particular, no dan frutos. Yo busco crear un lazo y no un sexo casual, y este tipo de herramientas van por un camino alternativo; apuestan por un costado superficial.
Sin embargo, las redes sociales en general sí son un marco que parecen facilitar el acercamiento entre personas. De hecho, en la prehistoria, yo conocí a Nina por Fotolog, lo cual es muestra de ello. Más tarde Facebook, y lu…

A fuego

Esta mañana, mientras esperaba la llegada del tren, sin proponérmelo caí en la cuenta de que hoy se cumplen tres años del día en que conocí a Laura.
Aquel sábado de 2015 era el cumpleaños de un amigo. En realidad, más conocido que amigo. Con Rodrigo habíamos sido compañeros durante los primeros dos años del colegio secundario, luego de los cuales se cambió de institución. De todos modos, tampoco teníamos demasiado vínculo por aquel entonces. Pero una vez egresados, por medio de otros grupos y de gente en común, volvimos a vernos en reuniones, y las aparentes diferencias que antiguamente nos habían puesto en distintos grupitos parecían haberse esfumado. Ahora disponíamos de una buena onda mutua. En el último tiempo habíamos empezado a jugar a la pelota casi semanalmente junto a otros ex compañeros, con lo cual en el 2015 caí dentro de su invitación de cumpleaños.
Si bien había aceptado, una vez llegado el día no me dieron muchas ganas de ir. El resto de los asistentes sí eran amigos suyo…

Quiero mi Hollywood

El Otro Monstruo está por cumplir sus primeros tres meses de vida. Bah, en realidad de existencia, porque es un blog, y los blogs no tienen vida propia. Surgió como un elemento más dentro de una serie de cambios necesarios dentro de la vida de quien escribe estas líneas, como comenzar terapia, y dejar de escribir ciertos sueños. No fue todo simultáneo, pero sí está todo encadenado.
Los sueños con Nina (de los que di varias muestras en otras entradas) fueron una especie de carga. Cada mañana de los últimos diez años en que abría los ojos y tenía su recuerdo aún palpable en mis retinas, no podía evitar sentir un pesar, una sofocación incontrolable. Si bien es cierto que yo no elegía soñar, era posible que el hecho de escribirlos haya creado un lazo mental que mantenía esta persistencia onírica. Dejar de escribir, podría traducirse en dejar de soñar, y dejar de soñar en dejarla ir. Quizás no quería soltar a Nina, porque los sueños, mis sueños, son lo único que compartíamos, lo único que n…

El mar de la inmoralidad, parte dos

< Parte uno
Esa noche descubrí que en un entorno social regular, cuando se cambian un par de reglas de juego, la gente sufre una regresión a un estado salvaje y pierde toda moral.
En el centro de la pista, la espuma llegaba tranquilamente hasta el metro veinte de altura, y la gente bailaba, reía y tomaba, como si no hubiese ninguna espuma. Pero la había. La había y las ropas comenzaban primero a humedecerse, para terminar empapadas, pegadas a los cuerpos, revelando contornos y detalles muchas veces íntimos que cada uno conservaba al resguardo. Pero la espuma empezó a borrar estos límites de lo privado, de lo personal, porque estábamos todos sumergidos en la misma sustancia, que nos hermanaba; aún a la distancia, nos sentíamos en contacto, éramos uno, y yo empecé a saberme con derechos que antes no tenía.
La revuelta marea blanca era el umbral perfecto: por arriba, la fiesta, la diversión, los cuerpos pegoteados y sugerentes; por debajo, un mondo invisible donde existían certezas de co…

El mar de la inmoralidad, parte uno

Voy a contar una historia de la cual no me enorgullezco. Uno siempre es el protagonista de su propia vida, y como tal, tiende a ocupar el centro de todas las acciones y aconteceres, y con frecuencia es el único personaje del cual se conocen todas las tramas e hilos narrativos. Sin proponérnoslo nos vamos convirtiendo en los héroes de nuestras propias existencias. No porque tengamos habilidades supernaturales y tiremos rayitos de colores, sino por su otra acepción.
Y así como en el cine el tiempo puede hacer que una obra maestra se trasforme en un bodrio, en la historia personal puede lograr que el héroe (uno mismo) se transforme en villano. Al vernos desde afuera, ya alejados de nuestra propia anécdota, podemos apreciarnos como si ese ser fuese otro, y así juzgarlo más certeramente. Pero basta de tanta introducción rebuscada; voy al grano.
La historia nos sitúa en el año 2004, en la ciudad balnearia de Miramar. Por ese entonces yo tenía unos 19 años, y era la segunda vez que me iba de v…

Efímero

Hay pocas cosas que quisiera hacer perdurar tanto como esos primeros mates. La primera cebada es una obra de arte, tanto en sabor como en aspecto. El ritual previo de calentar el agua hasta el punto preciso, de poner la yerba dentro del mate y luego sacudirlo repetidas veces para eliminar el exceso de polvo, y abrir paso con la bombilla para que ésta llegue hasta el fondo; después inclinar el recipiente para que su contenido quede oblicuo, de modo que al agregarle el agua, siempre quede un poco de yerba seca. Tenemos frente a nuestros ojos el mate perfecto, espumoso, humeante, cálido. Lo sorbemos con parcimonia y placer, sabiéndolo incuestionable; insuperable.
Pero con el correr de los minutos se empieza a corromper. Las hierbas gradualmente comienzar a desprender menos sabor, a la par que va perdiendo temperatura. Ese mate perfecto se convierte en una lánguida mezcla de agua y yuyos insípidos.