Con un pie en la orilla
Un martes de mediados de octubre me dirigí hacia el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. A horas del mediodía salía mi vuelo, en una jornada soleada y primaveral. Decidí hacer mi mayor esfuerzo por ignorar todos los sentimientos de incertidumbre que los últimos contactos con la Rusa habían despertado en mí. Había albergado la esperanza de pasar un lindo fin de semana con ella, pero prácticamente se llamó a silencio, y ni siquiera obtuve un simple “buen viaje”. Pero no quería pensar en eso. No quería pensar en ella, ni en lo vivido, ni en proyecciones a futuro, ni en nada. Estaba por ir a pasar tres semanas a España, y quería poder tener la mente fresca en el momento presente, para aprovechar el día a día. Era mi segunda ida a Europa, pero a diferencia de la primera vez, en que había ido con Lau e hicimos el tour de debutantes europeos tratando de conocer la mayor cantidad de capitales posibles (Barcelona, Roma, París, Berlín, Praga), en esta ocasión opté por la improvisación. Lo único...