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Un poco más amable

Me es difícil explicar la magnitud del dolor, la tristeza y la angustia que nacieron en mí ante la ausencia de la Rusa, teniendo en cuenta la realmente poca historia que tuvimos juntos. En realidad ni siquiera llegamos a estar juntos; fue más bien una proyección mía, basada en mi ilusión, y en los mis sentimientos despertados. Hoy entiendo que ella, todo el tiempo habrá tenido una mejor idea de cuál era nuestro vínculo: dos personas conociéndose. En cambio yo, desde un inicio demasiado prematuro, traté de aferrarme a algo que aún no existía. Pero lo que sí existió fue el vacío y el sufrimiento que se hicieron presentes en esa recta final del año. Y quizás no era sólo por la Rusa, sino que en ese malestar se sumaba la ruptura con Lau de un año atrás, y también los fantasmas que siempre retornaron, que nunca se fueron pero que aprovechan esos momentos de vulnerabilidad para arremeter con más crudeza; fantasmas liderados por el de Nina, siempre a la vanguardia. Pasé una semana llorando....

Pude verlo un año más tarde

Y ahí estaba la Rusa, esperándome en el aeropuerto. Que haya ido a buscarme por iniciativa propia destruía mis antiguos temores y me colmaba de esperanza y alegría. Sin embargo, todavía no sabía bien cómo manejarme, porque previo al viaje todo había estado a punto de desmoronarse, y habíamos acordado ir más despacio, sin prisas ni presiones, con lo cual yo había tenido que caer indefectiblemente por una auto represión de sentimientos: no mensajear, no proponer encuentros en la medida que me hubiese gustado. Pero, ¿y ahora? Este gesto suyo que demostraba interés, ¿cambiaba los términos? No me hizo falta averiguarlo, porque durante los seis días siguientes a mi regreso terminamos viéndonos, haciendo diferente tipo de planes, y siempre propuestos por ella. Ella me había extrañado. La Rusa quería verme. Sin embargo, todo tenía un sustento bastante más endeble de lo que aparentaba, o mejor dicho, de lo que yo creía y quería, pero esto recién pude verlo un año más tarde. Nos vimos, salim...

La chispa de la distancia

El primer mensaje de la Rusa en cruzar el océano fue bastante escueto: los infaltables interrogantes para ver cómo había sido el viaje, el clima, y esas cuestiones. Como yo estaba en la calle, tenía una señal de wifi intermitente, con lo cual tampoco estaban dadas las cosas como para un diálogo más largo. Pero más allá de eso, estaba dolido por la actitud que ella había tomado durante los últimos días, y no iba a correr a sus pies a la mínima atención. No por capricho, sino porque percibía en su mensaje una cuestión más de compromiso que un interés de fondo. Pasó otra tanda de días antes de recibir un nuevo mensaje suyo, pero a medida que transcurría el viaje se fueron haciendo más frecuentes y fluidos. También yo me fui entregando a esas charlas, al empezar a percibir un interés más real de su parte. Después de mi regreso, cuando nos vimos, me confesó que le despertó cierto germen de celos el ver una foto que subí a Instagram, con Flor, la esposa de mi amigo Matías. Una tarde, mient...

Con un pie en la orilla

Un martes de mediados de octubre me dirigí hacia el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. A horas del mediodía salía mi vuelo, en una jornada soleada y primaveral. Decidí hacer mi mayor esfuerzo por ignorar todos los sentimientos de incertidumbre que los últimos contactos con la Rusa habían despertado en mí. Había albergado la esperanza de pasar un lindo fin de semana con ella, pero prácticamente se llamó a silencio, y ni siquiera obtuve un simple “buen viaje”. Pero no quería pensar en eso. No quería pensar en ella, ni en lo vivido, ni en proyecciones a futuro, ni en nada. Estaba por ir a pasar tres semanas a España, y quería poder tener la mente fresca en el momento presente, para aprovechar el día a día. Era mi segunda ida a Europa, pero a diferencia de la primera vez, en que había ido con Lau e hicimos el tour de debutantes europeos tratando de conocer la mayor cantidad de capitales posibles (Barcelona, Roma, París, Berlín, Praga), en esta ocasión opté por la improvisación. Lo único...

El enfiramiento

Pese a que el primer encuentro sexual con la Rusa no resultó de la mejor manera posible, no sentí que ella me juzgara por la floja actuación, ni tampoco percibí que ese tema motivase un conflicto real, porque si bien hacía muy poco tiempo que nos conocíamos, el vínculo se estaba forjando sobre una base más sólida que un liso y llano garche, por decirlo a groso modo. La conexión pasaba por otro lado, y además yo sabía que el desempeño iría mejorando a medida que fuese ganando confianza. Recién ahora, más de un año después, empiezo a entrever la posibilidad de que para ella el sexo haya sido un factor mucho más desestabilizante de lo que yo creí suponer. Pero siguen siendo conjeturas. El primer mal presentimiento lo tuve tres o cuatro días después. Yo estaba muy seguro de querer pasar más tiempo con ella, seguir conociéndonos, y tenía la casi certeza de que iba a ser así. Era tan intenso lo que venía sintiendo, que hasta había llegado a creer en que por fin había encontrado a esa perso...

La confianza nunca fue mi mejor aliada

Las dos primeras semanas de octubre fueron como unas vacaciones. El inicio de mes me encontraba despegado de todo vínculo con mi antiguo empleador, y tenía quince días por delante hasta la fecha de mi viaje programado a España. De todos modos tampoco iban a ser tan relajadas esas semanas, porque ya me había comprometido con Carolina, quien había sido mi jefa hasta inicios de ese 2018, para editar una serie de entrevistas que habían hecho entre propietarios de almacenes. Fue un trabajo bastante más extenuante de lo que había presupuesto, y la verdad que estuve hasta el día anterior a la salida del avión, peleando por terminar la entrega. De todos modos, quizás la mayor parte de mi concentración y energía estaban puestas en la Rusa. Aquel primer beso que nos dimos la noche anterior a mi despido, fue como la confirmación de que las cosas empezaban a encaminarse. Venía atravesando un año bastante crítico desde lo sentimental, al punto que a principios de año había tomado la decisión (lle...

Más tiempo

La pérdida del trabajo de un día para el otro había sido un cimbronazo, y como tal me había empujado por fuera de la frontera de lo habitual. Pero todavía no lograba darme del todo cuenta si ese repentino desempleo era del todo negativo, porque no me venía nada mal tener ese tiempo libre. Por un lado porque Carolina, quien había sido mi jefa hasta el mes de febrero, y quien desde entonces había fundado su propia empresa, solía darme trabajo eventualmente, que yo trataba de acomodar en mis tiempos libres. Justo unos días antes del despido había comenzado con uno de esos proyectos, y tenía que tenerlo terminado para mediados de octubre, cuando salía mi avión rumbo a España. Es decir que disponía de dos semanas, tiempo que a priori había juzgado suficiente, pero que luego comprobé que no era así, y hubiese sido absolutamente imposible de cumplir sin esa reciente disponibilidad horaria. El otro motivo de motivación (suena a redundancia) era que había conocido a la Rusa. La Rusa fue un ma...