Si palmo, palmo dormido (parte dos)
Al entrar al baño, lo primero que hice fue mirarme al espejo, como intentando encontrar un poco de compasión en ese otro yo que me miraba desde el reflejo. Tenía miedo. Me senté en el borde de la bañadera, y recordé lo que hacían en las películas las víctimas de picadura de serpientes: se succionaban la herida para expulsar el veneno inyectado en el organismo. Sonaba absurdo, poco convincente, pero en aquel momento era la mejor herramienta que tenía. Siempre tuve buena elasticidad en las piernas, así que no fue muy difícil ponerme la planta del pie en contacto con la boca. Apoyé los labios e hice la mayor fuerza posible hacia adentro. Pero no sé qué esperaba; si imaginé que iba a sentir un torrente de veneno viniendo a mi boca. Nada de eso. Fue lo mismo que succionar una tabla de madera. Igual por las dudas escupí saliva en la pileta. Apreté con los dedos en el lugar en que había recibido el pinchazo, y asomó una minúscula gota de sangre. No estaba seguro de qué hacer. Por un...