Pude verlo un año más tarde
Y ahí estaba la Rusa, esperándome en el aeropuerto. Que haya ido a buscarme por iniciativa propia destruía mis antiguos temores y me colmaba de esperanza y alegría. Sin embargo, todavía no sabía bien cómo manejarme, porque previo al viaje todo había estado a punto de desmoronarse, y habíamos acordado ir más despacio, sin prisas ni presiones, con lo cual yo había tenido que caer indefectiblemente por una auto represión de sentimientos: no mensajear, no proponer encuentros en la medida que me hubiese gustado. Pero, ¿y ahora? Este gesto suyo que demostraba interés, ¿cambiaba los términos? No me hizo falta averiguarlo, porque durante los seis días siguientes a mi regreso terminamos viéndonos, haciendo diferente tipo de planes, y siempre propuestos por ella. Ella me había extrañado. La Rusa quería verme. Sin embargo, todo tenía un sustento bastante más endeble de lo que aparentaba, o mejor dicho, de lo que yo creía y quería, pero esto recién pude verlo un año más tarde. Nos vimos, salim...