Pobre loco
Vemos a un loco caminando por la calle. Nos damos cuenta que es loco por su forma de vestir, a veces extravagante, y otras sumamente descuidada y sucia, al borde de la indigencia; por sus movimientos que son una mezcla de tics y actos reflejos casi convulsivos de a momentos; porque habla solo, grita, y hasta increpa a la gente que se le cruza; y por su andar seguro en la calle, aunque sin un destino claro, y muchas veces susceptible a cambios abruptos de dirección. Solemos verlo como a un tipo raro, malo, agresivo, y por eso lo dejamos solo. La simple idea de tener que dialogar con él, nos produce un escozor, una incomodidad, y por eso preferimos evitarlo. Rápidamente lo etiquetamos como loco, y de esta manera es más fácil; sentimos que de alguna manera se justifica nuestro desprecio hacia él. Abundan las leyendas de los locos del barrio, que otrora solían ser grandes cirujanos, empresarios exitosos o vecinos como cualquier otro hasta que la muerte de la mujer, o la aparición de ...