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El más allá

Anoche terminé de leer el libro “Muchas vidas, muchos maestros”. El nombre no me gusta ni un poco, me suena a esos de autoayuda barata. Pero me lo recomendó una amiga que acababa de leerlo, y como justo estaba terminando otro libro, seguí su consejo. No es una novela. El que lo escribió es un tal Brian Weiss, que aparentemente es un psiquiatra super groso nacido en Estados Unidos. Se recibió en la Universidad de Harvard, hizo no sé qué maestría en Yale, está a cargo del departamento de psiquiatría del Hospital de Miami, da conferencias sobre su especialidad… Una especie de eminencia en el tema. Un tipo muy estudiado, con mucha cabeza, con un perfil científico muy marcado. La cuestión es que un día le cae en su consultorio una mina con trastornos de ansiedad, miedo al agua, miedo al encierro, y mil mambos más. Él la empieza a tratar como a cualquier paciente, intentando descubrir si ella había sufrido algún episodio traumático que hubiese podido desencadenar todos los síntomas...

Libros

Anteriormente había comentado que empecé a sentir placer por la lectura gracias a Nina, y que el primer libro que me compré fue El libro del Fantasma, de Alejandro Dolina. Y desde ese momento entré a un mundo de letras del cual ya no pude salir. Tuve períodos de fascinación con algunos autores como el mismo Dolina o Sábato, y también con tragedias griegas. Pero siempre me sentí dispuesto a leer cualquier cosa. Toda lectura suma. Recordé que cuando era niño y estaba en edad escolar, observaba una biblioteca que había en casa, y sentía el deseo de que me gustasen los libros, para así poder leer esos que estaba ahí. Es rara la sensación de querer que te guste algo que no te gusta, pero pasa. Y varios años más tarde, con el placer literario ya desarrollado, fui hasta mi viejo dormitorio, donde todavía estaba esa repisa con los libros. No eran tantos, y muchos de ellos eran de cuentos infantiles. Pero los miré uno por uno, hice una selección, y me los llevé para incorporarlos a mi bib...

Empezar a leer

Cuenta la leyenda que aprendí a leer solo a los cuatro años. Que en cierta oportunidad, cuando yo estaba en la sala azul del jardín de infantes, la maestra le comentó a mi mamá que estaba asombrada que yo supiese leer, porque en una visita al zoológico que hicimos yo leía los carteles con los nombres de los animales, y atribuía esto a que la enseñanza la había adquirido en mi casa. Pero mi madre, que había notado mi nueva habilidad cuando leí la perilla del horno, creyó por su parte que era gracias al jardín. La cuestión es que aparentemente nadie me enseñó a leer, pero aun así lo hice. Pero en mi casa nadie tenía el hábito de la lectura, ni yo tampoco. Paradójicamente, cuando a mi hermano (un año mayor que yo) o a mí se nos caía un diente, el “ratón Pérez” no nos dejaba dinero bajo la almohada, sino libros. Unos libros grandes, finitos y plagados de ilustraciones. Unos libros que más que fuente de literatura, eran para nosotros objetos lindos, y sin leerlos los apreciábamos igua...