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Opciones temporales

El otro día pensaba (y hablaba solo, y en voz alta, que es algo que estoy haciendo cada vez más frecuentemente) en esos supuestos imaginarios, absolutamente imposibles de acontecer, pero que son divertidos, o a lo sumo entretenidos a la hora de analizarlos y debatir un rato. Le propuse el tema a un par de amigos y gustó, y acordamos hacer una videollamada para hablarla detenidamente, pero si bien hicimos la “reunión”, después la charla se extendió en otros temas y nunca llegamos a esto. Pero qué tanta vuelta, y no se entiende de qué estoy hablando. Ahí va, ya lo digo. Lo que había estado pensando era… Imaginemos que podemos elegir una, y sólo una de las siguientes posibilidades. Son como superpoderes, o no sé si tanto, pero algo por el estilo, y todas un poco por la misma línea. Opción 1: viaje en el tiempo, tal como nos lo enseñó el cine de ciencia ficción. Puede ser a cualquier fecha a elección, tanto pasado como futuro, pero es únicamente un viaje de ida, es decir que no podemos...

Pude verlo un año más tarde

Y ahí estaba la Rusa, esperándome en el aeropuerto. Que haya ido a buscarme por iniciativa propia destruía mis antiguos temores y me colmaba de esperanza y alegría. Sin embargo, todavía no sabía bien cómo manejarme, porque previo al viaje todo había estado a punto de desmoronarse, y habíamos acordado ir más despacio, sin prisas ni presiones, con lo cual yo había tenido que caer indefectiblemente por una auto represión de sentimientos: no mensajear, no proponer encuentros en la medida que me hubiese gustado. Pero, ¿y ahora? Este gesto suyo que demostraba interés, ¿cambiaba los términos? No me hizo falta averiguarlo, porque durante los seis días siguientes a mi regreso terminamos viéndonos, haciendo diferente tipo de planes, y siempre propuestos por ella. Ella me había extrañado. La Rusa quería verme. Sin embargo, todo tenía un sustento bastante más endeble de lo que aparentaba, o mejor dicho, de lo que yo creía y quería, pero esto recién pude verlo un año más tarde. Nos vimos, salim...

Con un pie en la orilla

Un martes de mediados de octubre me dirigí hacia el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. A horas del mediodía salía mi vuelo, en una jornada soleada y primaveral. Decidí hacer mi mayor esfuerzo por ignorar todos los sentimientos de incertidumbre que los últimos contactos con la Rusa habían despertado en mí. Había albergado la esperanza de pasar un lindo fin de semana con ella, pero prácticamente se llamó a silencio, y ni siquiera obtuve un simple “buen viaje”. Pero no quería pensar en eso. No quería pensar en ella, ni en lo vivido, ni en proyecciones a futuro, ni en nada. Estaba por ir a pasar tres semanas a España, y quería poder tener la mente fresca en el momento presente, para aprovechar el día a día. Era mi segunda ida a Europa, pero a diferencia de la primera vez, en que había ido con Lau e hicimos el tour de debutantes europeos tratando de conocer la mayor cantidad de capitales posibles (Barcelona, Roma, París, Berlín, Praga), en esta ocasión opté por la improvisación. Lo único...

El enfiramiento

Pese a que el primer encuentro sexual con la Rusa no resultó de la mejor manera posible, no sentí que ella me juzgara por la floja actuación, ni tampoco percibí que ese tema motivase un conflicto real, porque si bien hacía muy poco tiempo que nos conocíamos, el vínculo se estaba forjando sobre una base más sólida que un liso y llano garche, por decirlo a groso modo. La conexión pasaba por otro lado, y además yo sabía que el desempeño iría mejorando a medida que fuese ganando confianza. Recién ahora, más de un año después, empiezo a entrever la posibilidad de que para ella el sexo haya sido un factor mucho más desestabilizante de lo que yo creí suponer. Pero siguen siendo conjeturas. El primer mal presentimiento lo tuve tres o cuatro días después. Yo estaba muy seguro de querer pasar más tiempo con ella, seguir conociéndonos, y tenía la casi certeza de que iba a ser así. Era tan intenso lo que venía sintiendo, que hasta había llegado a creer en que por fin había encontrado a esa perso...

La próxima

Hace algunas semanas Diego, un amigo, propuso en el grupo de WhatsApp que tenemos con los chicos: - Che, una de estas noches podríamos ir a unas hamburgueserías que hay en Palermo, que parece que son de las mejores de Buenos Aires. Él había estado filmando unos videos en donde hablaban de estos lugares, y le pareció una idea interesante para llevarla a cabo como una salida grupal, y comprobar si la comida de ahí es tan buena como dicen. Cabe destacar que nuestro grupo está repartido entre San Isidro y San Fernando, con lo cual, a la hora de organizar una salida, es muy raro que vayamos hacia Capital. En algún punto el plan me pareció atractivo… Años atrás, cuando me puse de novio con Nina, empecé a viajar un montón, porque ella vivía en Castelar y yo en Beccar. Tenía que tomar tres colectivos, que sumaban entre hora y media y dos horas de trayecto, pero lo hacía con el placer de esa relación naciente, y del amor que sentía por ella. Aprovechaba el tiempo de viaje para leer,...