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La muerte de las bromas

Hace semanas que todos los días me suena el celular, a cualquier hora, pero con una constante: el número que aparece en pantalla es siempre el mismo, terminado en 7777. No necesito contestar, porque sé que se trata de la gente de Movistar que desea convencerme de cambiarme de plan, porque hay uno nuevo que me conviene y me va a facilitar la existencia. Podría atender, dedicarle a la operadora unos minutos, para luego exponerle mi posición de desinterés ante tal servicio. Ya lo he hecho en otras oportunidades, y lo único que consigo es un período de paz, sin llamadas comerciales, hasta que el ciclo se repite. Así que ahora opté por ignorar el teléfono cuando veo que está sonando. Hace un tiempo que es fácil ignorar llamadas, por un lado, porque cada individuo porta en su bolsillo un teléfono personal, que le da la decisión absoluta de atender o no, y por otro porque con el número entrante impreso en la pantalla se reduce el riesgo de un interlocutor indeseado. De hecho, muchas vec...

Llamada entrante

Creo que en el fondo, pese a mi aspecto hosco, a mi semblante de tipo serio y malhumorado, y a todas las características que demuestran o dan a entender que fui convirtiéndome en un tipo duro, reacio, desensibilizado y mezquino a la hora de expresar sentimientos, sigo siendo un romántico a la vieja escuela, que confía en el amor para toda la vida, y en la búsqueda de ese ser. Creo (o quiero creer) en pequeñas pistas que fueron puestas ahí por alguna divinidad intangible, para que sepamos interpretarlas y así acercarnos a ese ser que nos colme de felicidad. El sábado venía manejando, y veo en el medio de la calle un pequeño rectángulo negro brillante. Por aspecto y dimensiones me pareció que era un teléfono, así que luego de pasarle por encima (pero sin pisarlo con las ruedas) detuve la marcha y me dirigí hacia el objeto. Efectivamente era un celular. Era una calle muy poco transitada, por la que no suelo circular. De hecho, era la primera vez que andaba por ahí. Capaz que había a...