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El mar de la inmoralidad, parte dos

< Parte uno Esa noche descubrí que en un entorno social regular, cuando se cambian un par de reglas de juego, la gente sufre una regresión a un estado salvaje y pierde toda moral. En el centro de la pista, la espuma llegaba tranquilamente hasta el metro veinte de altura, y la gente bailaba, reía y tomaba, como si no hubiese ninguna espuma. Pero la había. La había y las ropas comenzaban primero a humedecerse, para terminar empapadas, pegadas a los cuerpos, revelando contornos y detalles muchas veces íntimos que cada uno conservaba al resguardo. Pero la espuma empezó a borrar estos límites de lo privado, de lo personal, porque estábamos todos sumergidos en la misma sustancia, que nos hermanaba; aún a la distancia, nos sentíamos en contacto, éramos uno, y yo empecé a saberme con derechos que antes no tenía. La revuelta marea blanca era el umbral perfecto: por arriba, la fiesta, la diversión, los cuerpos pegoteados y sugerentes; por debajo, un mondo invisible donde existía...

El mar de la inmoralidad, parte uno

Voy a contar una historia de la cual no me enorgullezco. Uno siempre es el protagonista de su propia vida, y como tal, tiende a ocupar el centro de todas las acciones y aconteceres, y con frecuencia es el único personaje del cual se conocen todas las tramas e hilos narrativos. Sin proponérnoslo nos vamos convirtiendo en los héroes de nuestras propias existencias. No porque tengamos habilidades supernaturales y tiremos rayitos de colores, sino por su otra acepción. Y así como en el cine el tiempo puede hacer que una obra maestra se trasforme en un bodrio, en la historia personal puede lograr que el héroe (uno mismo) se transforme en villano. Al vernos desde afuera, ya alejados de nuestra propia anécdota, podemos apreciarnos como si ese ser fuese otro, y así juzgarlo más certeramente. Pero basta de tanta introducción rebuscada; voy al grano. La historia nos sitúa en el año 2004, en la ciudad balnearia de Miramar. Por ese entonces yo tenía unos 19 años, y era la segunda vez que ...

Si palmo, palmo dormido (parte uno)

Durante el verano del ’98 (y no hablo del programa de televisión sino de ese momento) yo tenía unos trece años, y para pasar las vacaciones había venido mi primo Jorge (que vivía en una estancia, en un pueblo de la provincia de Córdoba) a quedarse dos semanas en casa, y después mi hermano y yo nos fuimos con él a pasar otro tanto de días allá, al campo. En Laguna Larga (nombre de pueblito) nos pasábamos las tardes corriendo y haciendo ya no recuerdo qué cosas en el campo, o bien nos íbamos en moto al pueblo, o a la pileta del club, a visitar demás parientes y a comprar bombitas de agua. A la noche las actividades eran más acotadas, porque la noche es noche en el campo. A veces Jorge salía con sus amigos (ni mi hermano no yo nos sentíamos muy atraídos por ese plan), pero sino lo más habitual era quedarse en la casa de la estancia, jugado al FIFA 98 en la computadora, o alquilábamos películas en VHS para ver durante la noche. Alguna vez aprovechamos para alquilar una porno, y ya la...